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  1. En esta ocasión vamos a dejar un poco de lado la línea habitual de artículos en los que tratamos temas directamente relacionados con el perro para movernos en un plano paralelo en el que, por una vez, hablaremos de nuestra seguridad. Realmente no es algo para lo que exista una fórmula universal ni un infalible esquema de actuación que nos sacará siempre del apuro. Lo único que podemos aseverar es que si alguna vez llegas a encontrarte en una situación de este tipo, ten por seguro que estás en problemas. La primera recomendación y la más obvia es que nunca deberíamos llevar a ningún perro a un estado tal que sienta la necesidad de atacarnos, pero como eso no siempre depende de nosotros, vamos a centrarnos en algunas recomendaciones que pueden salvarnos si tenemos la suficiente sangre fría como para ponerlas en práctica de manera satisfactoria. Estadísticamente, se producen más y peores ataques durante la noche. La falta de visibilidad hace que nos metamos sin darnos cuenta en lugares donde no deberíamos estar y la oscuridad también juega un papel importante haciendo que el perro se sienta amenazado. Es por esto que la primera recomendación será pasear siempre de día con buena iluminación y, en caso de tener que salir de noche, ir con cuidado de dónde nos metemos. La segunda recomendación también es bastante obvia, pero también resulta la más complicada de cumplir, pues en una situación de este tipo, mantener la calma en todo momento no es tarea fácil. Echar a correr puede precipitar el ataque, así como los movimientos bruscos, gritos y cualquier acción que pueda hacer pensar al perro que somos una amenaza aún mayor de lo que ya creía. Aunque en situaciones de estrés extremo es muy probable que el perro no se percate de gran parte de las cosas que suceden a su alrededor, debemos hacer un esfuerzo por exhibir todas las señales de calma posibles. No avanzaremos hacia él, sino que retrocederemos despacio, sin mantener contacto visual, apartando la mirada, ladeando la cabeza e incluso colocándonos de costado, nunca de frente hacia el perro. Otras señales de calma que podrían resultarnos de utilidad serían bostezar, la versión humana de olfatear el suelo, que es hacer ver que prestamos atención a cualquier otra cosa (mirar el móvil, juguetear con la ropa...) Sobra decir que cualquier intento por nuestra parte de asustarlo para disuadirlo o ahuyentarlo sólo empeoraría la situación. En caso que nada de lo anterior nos ha dado resultado, estamos, irremediablemente, en un grave aprieto. Si tenemos a nuestro alcance algún elemento que podamos utilizar de "pantalla", como un paraguas, un bolso, mochila, etc, podemos ponerla entre el perro y nosotros, pero nunca de forma amenazante. La idea es que sea un obstáculo que nos pueda dar unos segundos extra recibiendo el ataque por nosotros en caso de necesidad. Al mismo tiempo podría hacernos parecer más "grandes", haciendo así que el perro se lo piense mejor antes de llevar a cabo el ataque. Un zapato, chaqueta, bolso... puede ser también algo que podamos utilizar para que el perro muerda en lugar de a nosotros, aprovechando ese margen de tiempo que acabamos de ganar para movernos hasta un sitio seguro, que será principalmente uno al que el perro no pueda acceder, el interior de un coche, vivienda, edificio, cercado... o en su defecto un lugar elevado al que no pueda encaramarse, el techo de un coche, un árbol, un muro... Poniéndonos en el peor de los casos y si no contamos con nada con qué protegernos o entretenerlo ni lugar alguno donde refugiarnos o, si no hemos podido siquiera llegar a planteárnoslo porque ya nos ha embestido, los puños permanecerán siempre cerrados y con nuestros brazos nos protegeremos el cuello, la cara y el pecho. De tener que recibir una mordida, el antebrazo o la espinilla son los lugares donde las lesiones resultarán menos graves. Una mordida en el muslo podría dar lugar a una hemorragia considerable. Cuanto más firme y sólida sea la mordida menos daños se producirán y es aquí cuando mantener la calma se vuelve vital. Debemos tener la suficiente sangre fría como para resistir la tentación de apartarnos o liberarnos, porque con eso sólo conseguiremos causar más daños. Si el perro no nos suelta y tiramos para soltarnos, desgarraremos nuestra propia carne en el intento. El agua o los sprays (pimienta para defensa personal o incluso un desodorante) podrían resultar de utilidad como elemento de último recursos para conseguir que el perro nos suelte. Si contamos con ayuda, la otra persona podría intentar que el perro nos deje levantándolo por las patas traseras. En el 90% de los casos, al llevar a cabo esta acción, el perro abrirá la boca para centrarse en la amenaza que le ataca por la espalda. No obstante es una acción peligrosa ya que el perro girará para lidiar con su nuevo "atacante". Cualquier intento de separar al perro con métodos violentos sólo conseguirán afianzar aún más la mordida o dar lugar a agresividad redirigida. Como ya dijimos en un primer momento, no hay ninguna receta 100% efectiva que podamos seguir, pero la calma será siempre el pilar de todo. Probablemente al vernos inmersos en una situación de este tipo no nos paremos a pensar en todo lo que hemos dicho, pero quizá sí que podamos recordar algo que nos pueda ser de ayuda.
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